Aprendí a nadar con 26 años, en una escuela de natación en La Paternal junto a señoras mayores a 60 años, señores con más pelo en el pecho que en la cabeza y un profesor igual a Camoranesi.

Volví a tener una bicicleta a los 27 años después de más de 10 sin tener una propia, tratando de acordarme cómo era con bicicletas de alquiler de Barcelona, Londres o Amsterdam.

Empecé a escribir algo propio a los 28 años, gracias al aventón de una jornada de escritura creativa en una librería de Mendoza. Creo que debería volver a aplicar alguno de los ejercicios de esa jornada…

A los 29 me tocó, por primera vez desde que tengo memoria, tener al menos por dos días, una mascota propia.

 

La vida en departamento es particular. Espacios de 3 x 2 donde por una cuestión meramente física (gracias al crecimiento de las tres personas que lo habitaban), eran cada vez más pequeños. Floresta, Flores, La Paternal. Tres por dos, dos por dos, dos y medio por dos y medio. Más o menos lo mismo, las únicas opciones era una tortuga, un pez o un hamster, y no soy adepto a tener a un bicho corriendo en una rueda.

Hasta que me fui. De Floresta, de Flores y de La Paternal. Ahora eran los ríos, las montañas, los lagos y cada tanto, las ciudades. Si algo sobra, es espacio. Faltan paredes, pero tampoco ando con los estantes o los cuadros encima, puedo prescindir de ellas.

Cualquiera que haya ido a un camping por unos días, sabe que cada uno tiene su propia mascota. Generalmente son perros, y con un poco de atención basta para que se queden junto a la carpa, te sigan en las caminatas y hagan las veces de guardianes de tus cosas. Sin embargo, la cruda realidad del movimiento constante, hace que al salir del camping esa relación hombre-animal se termine, porque al fin y al cabo, las mascotas son del camping y será el próximo acampante su nuevo compañero. Una bola de pelos llamada Oveja fue la que más recuerdo, en Catamarca, lugar donde pasé uno de los mejores momentos gracias a Racing Campeón.

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Fue en Bolivia. En Cochabamba, más precisamente. Una noche en la que M. estaba camino al bar, cruzando un puente con una vista sorprendente del Cerro Tunari de día, y una vista bastante reducida y turbia de noche. Ahí estaba la pequeña, una perra genérica, sin papeles ni patente (ni la VTV hecha tenía, mirá lo que te digo), de aproximadamente 2 meses de edad. Se la llevó al bar y a la noche la trajo al hostel, con la intención de entregarla en adopción ese fin de semana. No fue hasta el otro día en que la vi, en una caja de cartón, tratando de escapar sin éxito con sus 20 cm. de largo.

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No llegó a tener un nombre concreto, aunque Linda decía la tarjeta del veterinario donde la llevó M. al otro día. Havaiana, Alpargata, Jade, Api… con tantos nombres en 2 días habrá tenido una crisis de identidad importante. La noche que llegó estuvo tranquila, tanto que ni me di cuenta que estaba. La noche siguiente cuando estábamos por dormir con M., después de todo un día de divertirse con una pelota de ping pong, no tuvo mejor idea que (a las 4 a.m.) despertarse con ganas de jugar un poco más. Llorando. A las 4 a.m. Es una buena razón para pensarlo dos veces antes de tener un cachorro…

El domingo fue el último día. Una feria de adopción a 2 cuadras del hostel sirvió de escenario para una rápida despedida, en manos de Ángeles y Belén, dos chicas de la ciudad que andaban en búsqueda de una perra pequeña. Imposible resistirse a la tentación de llevarse a esta pequeña bola de pelos, inquieta, divertida, tierna y con ganas de terminar en un lugar mejor que un puente un viernes 3 a.m., como diría Serú. Cambiando lo amargo por miel, y la gris ciudad por rosas….

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Todavía no tuve un hijo, ni escribí un libro, ni planté un árbol. Pero al menos, por dos días, supe lo que es tener una mascota propia. La vida no está hecha de hijos, libros o árboles… está hecha de momentos.

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