7.30 am. Me despierto en un hotel, no se bien donde estoy, cuando llegué era de noche y las luces ya se habían ido a dormir. Hoy hay una reunión con el embajador, así que me toca desempolvar la vestimenta de gala que me traje: una camisa a rayas, un jean y zapatillas. Hablan en un idioma que no entiendo, contesto en un idioma que no entienden, pero al final todo es risas y  “Maradona, Messi, Francisco”. Brindis y buenas rutas, para mi y para ellos también.

500 km más, la cuenta interminable de países la perdí hace rato. La de ciudades no tiene sentido seguir haciéndola. ¿Es esto lo que vine a buscar? Ceviche para 4, por favor. Estaremos en Ecuador, pienso. ¿O en Perú? El inglés porteñizado -como bien remarcó un compañero patagónico- está en su mejor momento. Funciona a la perfección, o al menos es la única forma de comunicarse con el lejano oriente.

Un auto, 3 puertas, con GPS en lo posible. El trámite se vuelve rutina. De algo estoy seguro, no es lo que estaba buscando. Tiene un hijo, fotógrafo como él. Una amistad de hace años lo trajo hasta acá, fue la única forma de acompañarlos después del accidente. Una historia detrás de un lente que supera el salario promedio anual en Argentina detrás de una cámara. Empiezo a pensar que no estoy tan seguro.

Sellos. Estampas de una burocracia mundial. Un cartel indica que esto efectivamente es una frontera. Deduzco que eso que está ahí enfrente es otro país. 8.45 am, cualquier razonamiento más complejo es imposible a esta hora. ¿Habrán contratado un equipo de Diseño? Algunos se esmeran bastante, a decir verdad. Dibujos como tatuajes, acumulación innecesaria de “yo estuve aquí”.

No, no maté a nadie. Tampoco soy un terrorista. Prometo no inmolarme en un avión. Hey, brother, take it easy. Sólo estoy de paso. “Si no fuera latino esto no pasaría”, pienso. Si no fuera del medio oriente, tampoco. Si no fuera africano, probablemente tampoco. La lista debe ser bastante extensa. Uno despotrica tanto pero al final la igualdad existe, al menos ante la ley de inmigración del norte.

Final del viaje. Despedida y agradecimiento. Podría haber sido peor, la verdad. Esos mexicanos con cara de pocos amigos estuvieron cerca. La policía de Panamá no es tan amable cuando se lo propone. Y los de la agencia nunca notaron los orificios del baúl.

 

Despierto de un sueño que no fue. Pensamientos oníricos en medio del viaje. Qué hubiera pasado si.

“Quedando a la deriva en un viaje interestelar”

Río Gallegos, miércoles 5 de febrero, 2.50 pm. Sellos, fronteras, pasos, líneas imaginarias que separan, aunque integren. 3 malayos, 1 hindú, 1 argentino, y yo. Una propuesta, tiempo límite, buenos verdes y un destino incierto. “¿Sabés manejar? Estás contratado”. Acompañarlos hasta Alaska, ellos en 3 motos BMW y yo desde atrás en un auto de apoyo rentado, llevando al fotógrafo hindú, el equipaje y haciendo de intérprete en una América tan desconocida para ellos como para mí. El argentino se tiene que volver a Buenos Aires, y hay que conseguir reemplazo. Vuelos ida y vuelta desde Buenos Aires, alojamiento y comida incluidos. “No vas a gastar ni un centavo”, palabras textuales. Dar a conocer Malasia al mundo, reuniones de protocolo, fotos, prensa, como si a mi me interesara. Es lo de menos, yo estoy para manejar, no te olvides que este es su viaje, no el tuyo.

La propuesta fue real, la respuesta un no positivo, y 3 meses después estoy en Neuquén escribiendo, mientras ellos deben andar por Costa Rica, cerca del objetivo.

Adiós y buena suerte, saludos al embajador de mi parte.

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